Con el caracol como emblema, hay una tendencia global en rápida expansión: la de las travesías relajadas, sin apuros, responsables con el medio ambiente y distanciadas de las convenciones y los circuitos turísticos tradicionales; mejor despacio. El viaje lento, placentero, sin apuros ni corridas llega como una derivación de un pariente muy cercano: el movimiento Slow Food, que como ya había comentado en alguna entrada anterior, nació en itália en 1989 para contrarrestar la comida estandarizada y la vida rápida, impedir la desaparición de las tradiciones gastronómicas locales y combatir la falta de interés general por la nutrición y los sabores.
Así como Slow Food propone saborear la comida, slow travel sugiere degustar lentamente los viajes, ser parte de la vida local y conectarse con los habitantes. Una filosofía similar aplicada en otro aspecto.
Un viajero que quierra sumarse a esta tendencia debe priorizar los medios de transporte más amigables con el medio ambiente, y también la naturaleza de los viajes, que sean individuales y activos. Se sugieren alojamientos más íntimos, como hoteles boutique o rurales, según uno de los parrafos de la extensa nota de prensa publicada en mayo del año pasado de la revista Newsweek.
Un viaje relacionado con el movimiento slow debe tener un vínculo con los productores locales, hacer visitas a sus huertas, bodegas o fábricas, y hasta alojarse en ellas en los casos que sea posible, aporta Santiago Abarca, coordinador de los convivia en la Argentina de Slow Food, que descubrió esta corriente en un viaje por Italia hace siete años y desde entonces intenta que todos sus viajes tengan estas características. La agrupación cuenta con 500 socios en el país.
Autor: keper