El placer de vivir paso a paso
El movimiento ‘Slow’, un estilo de vida que aboga por tomarse las cosas con calma y sirve de referente turístico, está asentado en docenas de países desarrollados
ITSASO ÁLVAREZ
Que tienen en común una localidad de la serena Toscana italiana llamada Bra con una de la Costa Brava española, Palafrugell, y otra de Vizcaya, Munguía? Mucho. En todas ellas se camina lento, se mastica lento y se conduce lento. No es una broma. Los tres municipios son una suerte de militantes por la desaceleración de la vida moderna; la esencia que rige al movimiento mundial Slow (lento, en inglés) y la filosofía de vida que aboga por echar el freno y tomarse las cosas con tranquilidad.
Es un modelo urbano de la «lentitud voluntaria», contraria a las prisas, que nació de forma espontánea en Italia hace ocho años y que se ha convertido en una especie de código de conducta oficial que ya ha hecho mella en un centenar de países: Italia, cuna del movimiento, Gran Bretaña, Alemania, Grecia, Suiza, Noruega, Suecia, Brasil, Japón… Las primeras condiciones para formar parte de la red Slow es que todos los pueblos acogidos a esta estructura tengan menos de 50.000 habitantes y ninguno sea capital de provincia.
Ambas se cumplen en Munguía y en Pals, Palafrugell y Begur -estos tres últimos municipios unidos bajo la marca turística Tresterres (tres tierras), en Gerona- candidatos españoles a formar parte de este movimiento. En caso de ser aceptadas -un equipo de ‘inspectores’ se encarga de visitar el lugar y verificar que cumple con el modelo-, sería suficiente para iniciar la red en España, pues es necesario un mínimo de tres poblaciones para incluir al país en el listado de asociados.
«Si decimos de alguien que es lento estamos insinuando que no está haciendo bien las cosas. Un tiempo para cada cosa y cada cosa a su debido tiempo son dichos que están perdiendo su sentido. La rapidez lo es todo», explica uno de los creadores del movimiento, Carlo Petrini, quien no oculta que Slow es la excusa para llevar a cabo una promoción turística «a través de un modelo de desarrollo ligado a la calidad de vida». El hombre atiende tranquilo al teléfono desde su localidad natal Bra (28.000 habitantes), famosa por sus vinos, trufa blanca, quesos y carne de bovino, situada a medio camino entre la industrial Turín y la ruidosa Génova.
Un pueblo donde el reloj de la torre de la Iglesia está siempre retrasado media hora por orden de las autoridades y donde en las escuelas no importa cuándo va a sonar el timbre, sino cuándo los alumnos han comprendido la lección. Los comercios en Bra cierran jueves y domingos. Los vehículos tienen prohibido circular por el centro porque, dicen allí, son «precursores del estrés». Todo aquel que renueve su vivienda usando madera de estuco obtendrá una hipoteca a mitad de precio y, para las pequeñas tiendas familiares que venden chocolates artesanales o quesos especiales, todo son facilidades. Como muestra de que lo lento no está reñido con lo rentable, Petrini da un dato: «La cifra de paro en Bra (5%) es la mitad que la media del país».
Cuentan en este municipio que un caracol y una tortuga tuvieron un día la fatalidad de chocar. Cuando el primero acudió malherido al hospital, el médico le preguntó: «¿Pero, qué ha pasado?» Y uno de los animales más lentos del planeta le respondió: «No lo sé, sucedió todo tan rápido…». Es uno de los chistes con los que se burlan de las prisas los habitantes de esta localidad, a cuya entrada -así sucede en todas las ciudades lentas del mundo- hay un caracol labrado en una piedra; un amuleto contra la exasperación y la impaciencia. «Podemos vivir mejor si aprendemos a bajar un poco las revoluciones», proclama el periodista canadiense Carl Honoré en su libro, Elogio de la lentitud, donde analiza los movimientos defensores de la calma e invita a vivir con más sosiego.
En la Toscana
Con similar parsimonia se desenvuelven en Lavaggiorosso y en Orvieto, otros secretos en el corazón de la Toscana, cerca de El Lacio. El primero, está asentado en una ladera; el segundo, ciudad de pasado etrusco y lombardo, en la cima de una meseta volcánica de 350 metros de altura. En ambos proliferan los enemigos del ruido y las asperezas de la vida. Además, Orvieto está considerada capital mundial de las ciudades lentas por ser la primera en proclamarse como tal. Allí se puede visitar el Parque de las Grutas, donde ver la antigua ciudad subterránea, y la catedral, cuya portada es una de las obras representativas del gótico italiano.
Viven con similar desaceleración en la germana Hersbruck, la primera ciudad lenta que se fundó en Alemania, la del casco antiguo de carácter medieval y el gran baño termal de Frankenalb Therme. Allí es costumbre bien vista aparcar la prisa y disfrutar de cada minuto como si fuera el último. Como en la francesa Épron (1.800 habitantes), en la Baja Normandía. Observe el hexágono que conforma el mapa francés y localícela muy al norte, a dos kilómetros de otra más conocida, Caen.
Y luego dé un volteo rápido al globo terráqueo para dar con la brasileña Mar de las Pampas, otra urbe asociada al Slow. En este lugar, la mayoría de las calles giran sobre sí mismas y obligan al visitante a volver sobre sus huellas. Allí no hay supermercado, lavanderías, ni talleres mecánicos. Tampoco línea telefónica. «El visitante se queja el primer día porque no funciona el teléfono; el segundo, agradece no tener señal; y el tercero entiende cuál es el sentido de una vida libre de estos benditos aparatos que impiden disfrutar de la paz del lugar», proclama una guía turística. Sin duda, el lugar idóneo para desconectar.
«La ciudad ideal es una de menos de 50.000 habitantes que se acomoda al ritmo humano: aumenta las zonas peatonales, instala bancos, planta árboles y setos. En el movimiento Slow hay un protocolo de 55 puntos que hay que cumplir. La idea central es que debe respetar los diversos ritmos de los ciudadanos», explica Giorgio Olivetti, director de la oficina de Cittaslow (el nombre que recibe en Italia este estilo de vida). Otros requisitos que se valoran a la hora de aceptar a una posible candidata es la limpieza de las calles y su política ambiental, que debe contemplar el reciclaje de residuos, la utilización de energías renovables y la reducción de los niveles de tráfico y ruido ambiental.
Urbanismo amable
Eliminar elementos discordantes en los edificios, como los grandes letreros de neón; la hospitalidad y la cortesía con los turistas, promocionar lo autóctono y la tradición gastronómica del lugar también dan puntos. Como los que parece haber acumulado la localidad vizcaína de Munguía,que antes de fin de año recibirá la visita de uno de los observadores internacionales de Cittaslow. Su propósito: comprobar sobre el terreno las posibilidades de incluir al municipio en la red mundial de los antiestrés, avanza Mirenbe Bilbao, concejala de Gestión Económica y responsable de desarrollo sostenible y turismo del pueblo, y una de las encargadas de elaborar la solicitud de admisión.
Antes de enviar el impreso, las autoridades locales de Munguía debieron leerse minuciosamente el manifiesto de Cittaslow donde se explica que «vivir en una ciudad slow y administrarla es una forma de ser, una manera de llevar a cabo la vida cotidiana distinta de lo que hasta ahora es la mayoritaria, en un modo ralentizado, menos frenético, menos productivista y veloz y más humano y ecológicamente correcto, más solidario con las presentes y futuras generaciones, más respetuoso con lo local en un mundo siempre más global e intercomunicado».
De inmediato, el Ayuntamiento se sintió tan identificado con este modus vivendi como el alcalde de Pals, Josep Comas, quien vio en lo lento «la fórmula acertada para impulsar mejoras en el municipio a todos los niveles: paisajístico, social, servicios y garantías de calidad de los productos agroalimentarios». Los apenas 2.000 habitantes de Pals están deseosos de dar a conocer su forma serena de enfrentarse a la vida y de hacer saber al mundo detalles como que el nombre del pueblo proviene del vocablo latino palus, que significa terreno pantanoso, porque la colina sobre la que descansa la villa estaba antaño rodeada de lagos y marismas. Por ejemplo.
Sólo hay un tema que no recaba unanimidad: algunos historiadores locales aseguran que Cristóbal Colón partió de la playa de Pals cuando emprendió el viaje que le llevó al descubrimiento de América. Otros niegan que ocurriera así. Al margen de polémicas, todos en Pals viven tranquilos.
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